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ONU global

Una farsa más y una legislación que diseña procedimientos imposibles.

Guillermo escribe en Opinión de Levante el siguiente texto:

"Leo en Levante-EMV que «Educación no sabe cómo hacer 17.000 exámenes orales de inglés en selectividad». Tengo para mí que la prueba de acceso a la universidad ha venido ganando en complejidad; es más, ha alcanzado tal nivel de complejidad que ha llegado a ser imposible llevarla a término tal como fue concebida por nuestro Ministerio de Educación. Agradezcamos a Maite Ducajú que nos de a conocer esta situación.


Alcanzado este nivel de locura, creo que es preciso hacer una sugerencia: la prueba debe ganar en simplicidad y en rigor. ¿Por qué? Cuando ya se alcanza un porcentaje del 96% de aprobados, ¿no ha llegado el momento de pedir rigor? Ello es tanto más claro cuando se abunda en la denuncia de los bajos rendimientos y altas tasas de abandonos del alumnado universitario que no llega a conectar con los programas de uno u otro curso universitario. En ocasiones parece que nadie sabe lo que distingue a un alumno de Bachiller de un alumno universitario: un verano en Cullera, Gandía o Jávea.


Ahora bien, dicho esto, he de reiterar la denuncia de una situación y plantear una sospecha: con dos años de Bachillerato, el 94% de los alumnos presentados aprueba las PAU; muy lejos de esta cifra estaban los resultados de otras pruebas que se realizaban después de haber cursado tres años de Bachillerato y uno de COU. Una mejora en el rendimiento de más de 25 puntos no es explicable al constatar la reducción de cursos de bachillerato. Estamos ante una farsa más, gestada desde la administración educativa que, por otra parte, cuenta con la colaboración de la universidad; farsa que es muy grata a mucha gente, de muy diversa condición, convicciones e intereses. Nadie se cuestiona la realidad; todos parecen felices por haber logrado que el sistema no disponga de elementos que seleccionen de acuerdo con mérito y capacidad; todos los que se lo proponen, llegan a la universidad. Todos, incluidas las asociaciones de padres y los sindicatos de docentes, parecen estar satisfechos con esta farsa.


Palabras como excelencia y calidad han pasado a verse desvirtuadas en el día a día de las aulas universitarias; tanto más, cuanto más las repiten quienes gobiernan las instituciones. En definitiva, no superar una u otra asignatura traerá consigo doblar o triplicar el coste de la matrícula. Eso es todo. ¿No sería mejor no usar excelencia y calidad?"

 

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